martes, 8 de enero de 2008

Cuento de Navidad

Cuando su mujer le pasó el teléfono supo a través de su mirada de decepción que se iba a perder la cena de esa noche. La comprensión de ella no le quitaba remordimientos por fallar a menudo en citas señaladas, en las que su deber entraba en colisión con las obligaciones familiares y le dejaba en el alma una brecha de conciencia escindida. Durante mucho tiempo había estado solo y buscaba sentido a su desamparado vacío existencial en la disponibilidad de hallarse donde casi nadie quería; se acostumbró a las guardias de Navidad o de Año Nuevo, y al voluntariado que le apartaba del alborozo ajeno de unas fiestas que le estragaban el alma y le empujaban hacia lejanas zonas de guerra o de hambre.

Había pasado Nochebuenas en hospitales bombardeados de Bosnia y cabos de año remendando vísceras en el desangrado corazón de África. Entonces huía de sí mismo, de la melancolía cenital que le provocaba su descreimiento en medio de la forzosa algarabía del derroche y los regalos, y trataba de compensar su malestar interior involucrándose en el dolor y la zozobra de las situaciones límite.

De esas experiencias al filo de la angustia le quedó un poso de activismo que ya no aprendió a remansar cuando embridó su hosca pesadumbre, cuando se casó y tuvo hijos que estimularon su ternura, y cuya quebradiza ilusión le sembraba la duda de que no acabasen de entender tanta ausencia inesperada, tanta desaparición en fechas que para ellos resultaban de una estimulante y crucial intensidad. Salvar vidas, decía para explicarlo, pero alguna vez leyó en los ojos de su pareja el reproche silencioso que también reclamaba salvar sentimientos, o afectos, o acaso simplemente los rescoldos de la convivencia.

Pero esa Nochebuena no había excusas, ni aplazamientos, ni excepciones, porque desde que se dedicaba a los trasplantes sabía que el tiempo era la cortina que separaba el ser del no ser, el éxito del fracaso, la vida de la muerte. En realidad, lo sabía desde mucho antes, desde que esperaba con un rudimentario instrumental en las manos la llegada dramática de ambulancias destartaladas cargadas de cuerpos salpicados de metralla, camino de un quirófano alumbrado con velas en cuya puerta vio en más de una ocasión evaporarse el aliento de los heridos sobre sus camillas. Lo sabía desde que aprendió que al otro lado de la felicidad, del confort, del cariño, hay un hilo delgado de premuras en el que el azar cuelga los destinos de la gente con una mueca siniestra de desafío.

La llamada era del hospital: había un donante, un receptor y mucha prisa. Acababan de apuñalar a un inmigrante negro unos jóvenes de cabeza rapada, y su familia había autorizado la entrega de los órganos que habían quedado a salvo de la carnicería. Estaba la mesa puesta, los niños arreglados, sus padres por llegar y los regalos sobre los platos envueltos en papel de colores. Su mujer no dijo nada; sólo le dio un beso y en la puerta le cruzó una mirada a la vez decepcionada y cómplice.

Él mintió a los chavales diciéndoles que trataría de llegar a la cena y bajó al garaje. En el ascensor pensó en la Navidad de los hijos del muerto, en su hueco abandono desolado en medio de la tragedia y de un país ajeno, y en las ganas que en ese momento sentía de trasplantar a alguien que lo mereciese el hígado de su asesino.

IGNACIO CAMACHO -- DIARIO ABC -- 24-12-2007
(Imagen:http://www.abc.es/)

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