Tras la euforia, la realidadJOSÉ IGNACIO TORREBLANCA 05/11/2008
El nuevo presidente de Estados Unidos tiene ante sí una tarea hercúlea: reconstruir los muy debilitados cimientos del poder americano. No deja de resultar irónico que después de años de reflexión sobre el deterioro del poder blando de Estados Unidos, la presidencia de Bush no sólo haya hundido el atractivo de su país en el mundo, sino que se haya llevado por delante dos pilares esenciales de su poder duro: la economía, en caída libre, y la capacidad militar, con un Ejército prisionero en Irak y Afganistán. Por ello, a la par que celebre su victoria, el nuevo presidente no podrá menos que contemplar horrorizado el legado que tendrá que gestionar: crisis financiera, deuda presupuestaria, desempleo, desahucios, el hundimiento del consumo privado y, para concluir con un dato conocido justo ayer, unos índices de producción tan bajos como no se recuerdan en 25 años.
Sumado a la costosísima ocupación de Irak y a una presencia en Afganistán que inevitablemente irá a más, no es extraño que se haya recordado estos días que, a lo largo de la historia, todos los imperios han desaparecido cuando la combinación de guerra y endeudamiento han desembocado en derrota militar y bancarrota financiera. Claro que se olvida que Estados Unidos ya vivió una situación similar en los años setenta, cuando perdió la guerra de Vietnam y casi de forma simultánea decretó el fin de la convertibilidad del dólar. Y, sin embargo, unos pocos años después, mientras Europa seguía atascada, el país no sólo estaba creciendo, sino reconstruyendo su poder militar a un ritmo tan vertiginoso como para provocar el colapso de la Unión Soviética. No debe pues olvidarse que Estados Unidos tiene, gracias a su dinamismo, una enorme capacidad de recuperación.
Casi más preocupante es, desde una perspectiva española y europea, la actitud resignada y fatalista con la que se contempla la actual crisis económica. El tiempo de la irritación y de señalar con el dedo a Washington, por justificado que esté, ya ha pasado. El vendaval que levantó la caída de las Torres Gemelas en 2001 pronto llegó hasta los últimos suburbios de Bagdad. Ahora, el tsunami puesto en marcha por las hipotecas basura ha impactado de lleno en España, llevándose por delante en un solo mes nada menos que 200.000 empleos. Salta a la vista que nuestro modelo económico no es tan eficaz como debiera y que nuestras sociedades son más frágiles de lo que parecen.
Es el momento de la política exterior, sí, pero también de construir cimientos más sólidos, de hacer autocrítica sobre las políticas seguidas y, en general, de tener una actitud mucho más combativa hacia la creación de empleo, la innovación y la calidad de nuestro sistema educativo. Hoy miércoles 5, a ambos lados del Atlántico, es hora de ponerse a trabajar.
Un hotel en el lado equivocado de la Historia
El escenario donde McCain se dirigirá a EEUU tras la elección, en el Hotel Biltmore. (EFE) PABLO PARDO desde Phoenix
5 de noviembre de 2008.- Estar en el Hotel Biltmore, en Phoenix es un poco frustrante. Porque es estar en lado equivocado de la Historia. Y es que lo que ha pasado en EEUU hoy es histórico. Con mayúsculas. Probablemente los lectores estén cansados de que los periodistas utilicemos esa palabra sin parar. Pero esta vez es inevitable. Lo que ha pasado en EEUU hoy es histórico.
¿Por qué? Desde luego, no porque ésta es la primera vez que un negro es presidente de Estados Unidos. Sino porque es la primera vez en la Historia que un negro es presidente de un país de mayoría de población blanca. Después de decepcionar al mundo de forma sostenida durante ocho años, EEUU nos ha vuelto a sorprender para bien.
Al margen de eso, esta noche es histórica con minúsculas. Es la primera vez en 32 años que un demócrata gana con más del 50% de los votos. Puede ser también la primera vez en 32 años que un partido tenga la presidencia y mayoría de bloqueo en el Senado (aunque la tercera rama del Gobierno en EEUU, el Tribunal Supremo, sigue controlado por los republicanos).
Aquí en el Biltmore muchos republicanos echan la culpa del fracaso a los medios de comunicación. Es algo en lo que tienen razón. La prensa ha sido descaradamente partidista a favor de Obama: un sondeo de la revista Slate, propiedad de The Washington Post, revelaba que entre sus redactores y colaboradores la proporción de votantes de Obama con respecto a los de McCain era de 55 a 1. Pero la causa fundamental del triunfo de Obama, y que aquí nadie quiere ver, es que el Partido Republicano se ha puesto, él solo, en un lado muy equivocado de la Historia.
El Partido Republicano es el de Lincoln, que llevó a cabo una guerra civil para acabar con la esclavitud. Es el de Theodore Roosevelt, que lanzó una dura política de defensa de la competencia contra los monopolios empresariales que controlaban la economía de EEUU a principios del siglo pasado, y que probablemente evitó que ese país se convirtiera en una oligarquía. El Partido Republicano fue el partido de las élites intelectuales, el de los sectores dinámicos de la economía. El Partido Demócrata fue el de los racistas del Sur, antinegros y anticatólicos, el de los agricultores empobrecidos del Oeste, el de los ultrafundamentalistas protestantes, el de las mafias políticas que controlaban, a veces a tiro limpio, la política local en Chicago y en Nueva York.
Hasta que a mediados de los 60, impulsado por un senador de Arizona, Barry Goldwater, ese partido decidió convertirse en el partido de las zonas rurales, de los racistas, el Sur más profundo, de los integristas protestantes, de las industrias mineras y energéticas más tradicionales y menos innovadoras. Los papeles se invirtieron. Los demócratas se convirtieron en el partido de las élites dinámicas, de Silicon Valley, de Manhattan, de lo que Richard Florida llama la clase creativa. En el partido del futuro. Los republicanos, en el partido del pasado. Tanto, que la Historia les ha pillado con el pie cambiado en el Hotel Biltmore.
La hora de la verdad
POR IGNACIO CAMACHO
Publicado Miércoles, 05-11-08 a las 05:02
Ni efecto Bradley ni efecto Dewey: no hubo sorpresa. El hartazgo de la Administración Bush ha desembocado en un giro esencial en torno a un candidato que ha sido mucho más que eso. Barack Obama no había levantado sólo una candidatura, sino una oleada, un movimiento regeneracionista capaz de movilizar a millones de electores –muchos de ellos jóvenes-- tradicionalmente alejados de las urnas. El triunfo de esta aventura con ribetes kennedyanos abre una etapa nueva en el liderazgo de la primera potencia mundial, y merece calificarse de histórico, el adjetivo que será más repetido en estos días de enorme vértigo político.
Y es histórico no sólo porque Obama vaya a ser el primer presidente negro de una nación que hace tres generaciones aún mantenía la esclavitud, sino porque abre expectativas de un cambio de grandes dimensiones en la política que, se mire como se mire, impulsa y lidera toda la sociedad occidental. El programa de Obama, más moderado de lo que aventuraban los primeros pasos de su larga precampaña, es una propuesta reformista que afectará de forma decisiva al papel de los Estados Unidos en el mundo, un rol al que pretende imprimir un sesgo multilateralista en contraposición a la doctrina de liderazgo unívoco de George W. Bush. La forma en que el nuevo presidente gestione la pavorosa crisis económica y financiera originada en su país tendrá también una importancia crucial para la recuperación del equilibrio social cuya quiebra amenaza al sistema de mercado.
La gran incógnita es si el Obama presidente estará, a la hora de la verdad, a la altura de las expectativas que ha despertado como candidato, y que son, ni más ni menos, las de un líder integrador y carismático, seductor, persuasivo, liberal y un poco mesiánico. Está por ver si es, como sostienen sus adversarios conservadores, un radical iluminado o si, como temen sus críticos escépticos, todo su impulso regenerador quedará subsumido en la praxis política de un Estado que no permite veleidades. La campaña ha limado muchas de sus aristas más agudas, convirtiéndolo a un pragmatismo saludable que sin duda se acentuará cuando tenga que sentarse en el Despacho Oval. Más que un dirigente típicamente negro, es decir, un agitador de minorías, Obama parece un político elitista, de corte ilustrado, clásico en el liberalismo estadounidense y progresivamente consciente de las responsabilidades que implica estar al mando de la nación más poderosa de la tierra. Eso le ha permitido aglutinar una esperanza multitudinaria entre sus conciudadanos, que lo han elegido para que dé un giro al estancamiento de la gestión republicana sin abandonar la preponderancia de la influencia estadounidense en el mundo.
Hasta ahora, el principal defecto de su propuesta es una gran ambigüedad conceptual, un discurso excesivamente retórico y abstracto, con escasas definiciones más allá de su voluntad reformadora. Cambiar el mundo parece un objetivo demasiado ambicioso; habrá que ver si es capaz de transformar siquiera la cerrada política del establishment de Washington. El arrollador Obama candidato murió ayer: hoy nace un presidente que tiene en sus manos el dilema de responder a la confianza que ha suscitado o precipitarse en un estremecedor fracaso, que sería tanto más peligroso cuanto mayores han sido las esperanzas.
Honor para John McCain, que pese a su errática campaña ha resistido con dignidad y ese espíritu de combatiente del que blasona con orgullo, manteniendo hasta bien avanzado el escrutinio expectativas que congelaron la euforia demócrata. Cualquier otro candidato republicano, enfrentado al legado desastroso de Bush y a la crisis económica, habría quedado triturado por el huracán de Obama.
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