domingo, 16 de noviembre de 2008

El G-20 desdibuja el mensaje único europeo

Sarkozy celebra el resultado "histórico" de la cumbre
Los estadounidenses tenían, como mínimo, ocho interlocutores europeos distintos

Si en la política es tan importante la realidad como las percepciones, a la Unión Europea le queda un buen trecho por recorrer en el tablero internacional.

La UE llegó a Washington el viernes con un catálogo de prioridades detallado y consensuado por los 27 miembros, y un presidente de turno, el francés Nicolas Sarkozy, hiperactivo en todos los frentes, diplomáticos y económicos.

En Estados Unidos nadie parecía haberse enterado. Para la prensa más influyente y para sus comentaristas, lo que cuenta es la opinión de Francia, Alemania, Italia o Gran Bretaña. Por separado. Ni rastro, en los artículos publicados estos días, de un actor internacional denominado Unión Europea.

Para los responsables de Washington, en la cumbre de este fin de semana los interlocutores eran los estados europeos. Pese a que Sarkozy refuerza su autoridad gracias a que es presidente de laUEy a que representa a los los 27, nadie aquí le considera el presidente europeo.

Él sigue siendo, a ojos de los estadounidenses, el presidente francés, histriónico ayer, al términar la cumbre, en el añejo hotel Willard. En una rueda de prensa junto a un desdibujado José Manuel Durão Barroso, presidente de la Comisión Europea, Sarkozy echó mano de adjetivos como "histórica" para referirse a la cumbre.

"El año 2008 -dijo- será el año en el que el mundo entró en el siglo XXI". Un poco más sobria, la canciller alemana, Angela Merkel, resumió: "Hemos dado pasos importantes haciaa un orden económico global".

Europa, pese a los progresos evidentes y a la coordinación más refinada, todavía se ve obligada a responder a la pregunta que formuló Henry Kissinger en los años setenta, cuando era consejero de seguridad nacional y tenía problemas para hallar un interlocutor al otro lado del Atlántico. "¿Cuál es el número de teléfono de Europa?"

En Washington, este fin de semana, Estados Unidos y el resto de los participantes tenían, como mínimo, ocho interlocutores: los presidentes o primeros ministros de los integrantes del G-8, el grupo de los países más industrializados, más los representantes de España y Holanda, que a última hora se colaron, más el de la República Checa, que en enero asumirá la presidencia de la Unión Europea, más el presidente de la Comisión Europea.

Todos habían suscrito antes un documento con cinco exigencias: vigilar a las agencias de calificación, armonizar las normas contables de unos países y otros, extender la regulación por todos los rincones de los mercados financieros, establecer códigos de conducta para prevenir el riesgo en el sector y confiar al FMI la responsabilidad en la gestión de la crisis y en la vigilancia para evitar que se repita.

Todos unidos, sí. Pero también todos vedettes, con una agenda nacional e internacional no siempre coincidente. El británico Gordon Brown, confiado tras ser el dirigente europeo más elogiado por su sólida reacción a la crisis. Merkel, en un segundo plano y con el país en recesión. Sarkozy, el "socialista en el armario", como le define el semanario The Economist,convertido en paladín de la intervención estatal y en detractor del capitalismo salvaje. "Anglosajón", dice Sarkozy.

La cumbre, una iniciativa europea, no habrá servido para refundar el capitalismo, como pretendía Sarkozy. Pero habrá evidenciado las divergencias entre del modelo capitalista estadounidense - versión Bush- y el europeo. Y habrá marcado la irrupción en los máximos foros de líderes de las potencias emergentes y un deslizamiento de los centros de poder económico y financiero.

MARC BASSETS – La Vanguardia – http://www.lavanguardia.es
(Imagen:http://www.lavanguardia.es/)

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