La palabra crisis no es políticamente correcta. Habrá que llamar desaceleración a lo que está aconteciendo en el PP. Después de unas elecciones perdidas emergen tensiones larvadas. La pugna entre el alcalde de Madrid y la presidenta de esa comunidad con ocasión de las listas electorales constituyó un mal presagio. En el fondo no descartaban que se perdieran las elecciones, con la vista puesta en el relevo de Rajoy. Reaparecen también antiguas rivalidades que ponen en entredicho al heredero de Aznar.La resaca electoral está siendo devastadora. Cada día hay un episodio nuevo en el culebrón que se está desarrollando, para regocijo de los adversarios, sorpresa de los ciudadanos y alimento de los medios de comunicación. El interés de Rajoy por continuar al frente del PP revela que las aguas en el interior del partido no estaban tranquilas. Dentro de lo normal cabía que, sin provocar un vacío de liderazgo, hubiese manifestado su intención de ponerlo a disposición del órgano correspondiente del partido. No haber elegido esa opción puede sugerir, con independencia de motivaciones personales, que el calado de las tensiones no era superficial. Que Rajoy pida, sin el abrigo del poder, confianza en su persona, resulta problemático.
Los populares no deberían olvidar que un número significativo de quienes les votaron lo hicieron más que por adhesión al partido, por disconformidad con la política seguida por el presidente del Gobierno. Si aspiran a gobernar algún día deberían trabajar por incrementar los posibles votantes y no desconcertarlos, decepcionarlos o ahuyentarlos.
Un análisis franco de por qué perdieron es elemental. Resulta paradójico que en asuntos fundamentales el Gobierno se haya aproximado a las tesis mantenidas por el PP, trátese de política antiterrorista, reconocimiento de la «desaceleración» económica o inmigración, cuya línea acaba de ser acordada por la UE. Y sin embargo el PP, el malo de la película, es el que vuelve al redil de la unión de los demócratas, un mito balsámico, cuya falta no tuvo efecto sobre el fracaso del diálogo o la estrategia de ETA, como evidencian sus atentados. El poder de comunicación y las formas desabridas en la defensa de los principios pueden explicar la percepción social negativa del PP. Como si el cambio del adversario le hubiese provocado un fuera de juego.
En la situación actual el PP corre el riesgo de servir de cómodo acompañamiento para el Gobierno y de continuar en su espléndido aislamiento. Un difícil entendimiento con nacionalistas pasa por no tener respecto de ellos una actitud innecesariamente hostil y por la habilidad de no erigirse en parapeto del Gobierno en asuntos conflictivos, como la consulta popular que pretende el lendakari, la financiación de las comunidades autónomas o la reforma del Senado.
El respaldo electoral que ha tenido el PP reclama un parejo ejercicio de responsabilidad. Algo más que la disputa por la cúpula del partido. No es un mero problema partidario.
Xose Luis Meilán – http://www.lavozdegalicia.es – 25-05-08
(Imagen:http://www.terra.es)
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