Somalia es uno de esos «Estados fallidos» que de forma episódica y epidérmica despierta el interés de Occidente: cuando los enfrentamientos en Mogadiscio, su devastada capital, siembran de cadáveres las polvorientas calles, y decenas de miles de vecinos emprenden el éxodo para sumarse al millón largo de exiliados, refugiados y desplazados... Pero si un yate francés o un pesquero español cae en manos de piratas somalíes, uno de los conflictos más ninguneados de África vuelve por unas horas a atrapar la atención internacional. Hasta un nuevo ciclo de oscuridad. No es de extrañar que organizaciones como Médicos sin Fronteras cataloguen a Somalia como estrella de los «conflictos olvidados».Con una población en torno a nueve millones de almas, ha dejado de figurar en el índice de desarrollo humano de la ONU por falta de datos fiables, aunque en algunos aspectos podría equipararse a Sierra Leona, la nación más pobre de la Tierra, que lleva años ocupando el furgón de cola de la humanidad. La retirada británica de su colonia de Somalilandia, unida a las antiguas posesiones italianas, dio pie a la creación de Somalia a comienzos de la década de 1960, cuando tantas esperanzas fraguaron en el continente negro. Sin embargo, la homogeneidad étnica y religiosa (aplastante mayoría de musulmanes suníes) no la vacunó contra el tribalismo y otros males africanos, en el caso somalí exacerbado por los clanes y los subclanes que regulan la vida social y política del Cuerno de África. Las dos tradiciones coloniales mezclaron mal. Tras una década como país independiente, la mejor de la Somalia libre, el golpe de Estado de Mohamed Siad Barré en 1969 abrió la caja de Pandora. La frágil unidad nacional se quebró al potenciar a su propio clan, los marehan, a costa de otros. El panorama se agravó al atizar Barre el irredentismo nacional e intentar recuperar la provincia de Ogadén, cedida por los británicos a Etiopía. La aventura le costó a Barre el respaldo soviético: su principal suministrador de armas se volcó en Addis Abeba. El fracaso militar, la sequía y el despotismo del régimen preparó el fin de Barre, cuyo derrocamiento en 1991 abrió las compuertas a la guerra civil. Fruto de la crisis fue el surgimiento de Somalilandia, que proclamó su independencia: aunque desde 1991 es la zona más estable y segura de Somalia, no ha obtenido el reconocimiento de nadie. Siguiendo sus pasos, Puntlandia también proclamó la autonomía respecto a Mogadiscio, cuyo puerto y aeropuerto se disputan los clanes más belicosos del universo somalí. Fue el principio del fin.
Un gran fiasco
La ONU y EE.UU. decidieron intervenir en 1992 para pacificar y devolver el gobierno a un país a la deriva, semillero de inestabilidad. Pero la operación «Restaurar la esperanza», dominada por una mentalidad militar (humanitarismo a punta de fusil) se convirtió en uno de los grandes fracasos de la ONU y de Washington. Convertido en avispero, la mala fama de la peligrosa Somalia ha dejado a su población a merced de los «señores de la guerra» que se disputan sus recursos: ganadería, plátanos (el sur es fértil), la pesca, el tráfico de drogas y de armas... Según Itziar Ruiz-Giménez («Las «buenas intenciones»»), la operación hizo que cristalizara «cierto imaginario colectivo que subsiste en Occidente que ve a las sociedades africanas como pueblos sin capacidad para gobernarse, como sujetos pasivos a la espera de salvación y no como agentes de historia con capacidad de decidir cómo quieren solucionar sus problemas».
Un movimiento surgido de la sociedad civil, los Tribunales Islámicos, empezó a cosechar triunfos contra los «señores de la guerra» a mediados de 2006, reinstaurando la justicia islámica estricta en las zonas bajo su dominio. Identificados como islamistas vinculados al terrorismo de Al Qaida por Washington, la Casa Blanca dio luz verde para la invasión etíope de la Navidad de 2006 para reforzar el poder de Abdullahi Yusuf Ahmed, antiguo líder de Puntlandia, elegido presidente del Gobierno Federal de Transición por un seudoparlamento con base en la sureña Baidoa: buena parte de los «diputados» representan a clanes y subclanes guerreros.
Desde entonces, la ocupación etíope no ha traído la paz a Mogadiscio. Enfermo y con poderes mermados, Yusuf nombró en noviembre pasado a un nuevo primer ministro, el coronel Nur Hassan Hussein, ex militar de 69 años que sirvió en la policía colonial italiana y en la «guardia de finanzas». Mientras sigue sin estar verdaderamente operativa la fuerza de paz desplegada desde el año pasado en Mogadiscio (sólo Uganda ha aportado tropas), los islamistas agrupados en torno al movimiento Al Shabab contestan con las armas la ocupación etíope y al que consideran «gobierno títere» de Yusuf y Nur Adde. Los enfrentamientos han hecho que decenas de miles de vecinos abandonen las ruinas de «Moga», donde sin embargo se han abierto varias comisarías y se han reanudado algunos servicios básicos. Pero al país fallido le queda un arduo camino hacia la paz.
A. ARMADA. – http://abc.com/ – 24-04-08
(Imagen: http://actualidad.terra.es/)
No hay comentarios:
Publicar un comentario