Eso de ser un deportista famoso, aclamado por los aficionados -al deporte que se contempla por la televisión, al menos-, aplaudido, condecorado, reconocido y admirado, ya no es lo que era. Tampoco le han ido a la zaga en la pérdida de la divinidad los actores de Hollywood ni los retoños de las familias que mueven el mundo social y económico; recuérdese lo sucedido el año pasado con la señorita Paris Hilton, que se pasó algo menos de un mes en la cárcel pero contó sus miserias como si se hubiera tratado de una cadena perpetua. Ni la fama, ni el glamour, ni las riquezas -dentro de un orden- sirven ya de escudo protector contra las miserias humanas salvo que se trate de salir en una de esas pocas revistas del corazón que todavía no destripan con saña a los personajes de los que viven. Si nos referimos a los programas de la televisión, más vale correr un velo tan tupido como el muro que separaba a los buenos de los malos en el Berlín de la Guerra Fría. Los platós televisivos son hoy lo más cercano que existe a una carnicería del Magreb.Un ejemplo de las horas bajas por las que pasan los famosos, ya sean históricos o en ejercicio, la tenemos en el chalet que quiso reformar el tenista Becker en Artá, siguiendo, por cierto, una costumbre de lo más establecida en esta santa isla: la de saltarse las normas urbanísticas de una forma bien torera. Que esa suerte a porta gayola salga mal es, en cierto modo, toda una novedad. O bien el tenista -más la empresa encargada de las obras de su casa- ha sido tomado a guisa de chivo expiatorio, o la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Balears (TSJB) pone de manifiesto que se terminaron ya las alegrías en eso de hacer cada uno lo que le viene en gana al reformar chalets y casas. Como todo pinta hacia una explicación más bien en esa segunda línea, bien que debemos agradecérselo a los tribunales los ciudadanos. Aunque el agradecimiento tampoco debe olvidar al Consell de Mallorca, que fue la institución que decidió tomar cartas en el asunto.
El asunto tiene más morbo que el de la simple presencia de un deportista de élite, quien, por cierto, debe andar pensando en lo rara que es esta isla donde tanto se contrata a un actor para que haga de embajador excelso, es decir, para que no haga nada, a cambio de un sueldo de los que marean incluso dicho en euros, como se multa en términos también importantes aunque, eso sí, algo más comedidos a quienes eligen nuestras costas como lugar de residencia. El morbo añadido llega de la mano del rifirrafe que se ha montado entre la constructora que amplió el chalet y el tenista, con acusaciones de las que duelen.
Bien claro resulta que la alegación por parte de la empresa del desconocimiento de la ilegalidad de las obras es un tanto ingenua. Como ha recordado con plena razón y oportunidad en su sentencia el TSJB, buenos estaríamos si pudiésemos evitar el delito sin más que proclamar nuestra ignorancia. La reforma del chalet de marras contiene, al parecer, detalles nada secundarios como pueda ser la construcción de una pista de tenis, que se entiende que fuesen imprescindibles para alguien como Boris Becker pero carecían de licencia lo supiese o no la constructora.
Sin embargo, lo más escabroso aparece al sostener la empresa que sus clientes usurparon y falsificaron las firmas necesarias para el papeleo administrativo. De ser así, nos encontramos ante un episodio peor que el de los arañazos en la cara que se da el famoseo en las televisiones porque aquí intervienen los jueces. Mal futuro le espera a cualquier figura venerada cuando las cosas se salen tanto de madre.
CAMILO JOSÉ CELA – 07-01-08 – http://www.diariodemallorca.es/
(Imagen:http://www.infobae.com)
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