Desde que los asesores de Bill Clinton decidieron recordarle al candidato la importancia del bolsillo en el criterio de los ciudadanos y le pusieron un célebre cartel sobre la mesa de su despacho -«la economía, estúpido»-, se ha vuelto una especie de axioma electoral la idea de que la gente toma la decisión final del voto en función de la marcha de sus asuntos domésticos. Pero en España este principio nunca se ha acabado de cumplir: Felipe sacaba lustrosas mayorías con un 18 por ciento de desempleo y altísimos impuestos -¡y con los comicios en junio, en plena época de declaración de la renta!-, mientras Aznar perdió la suya por cuestiones enteramente políticas, con la bonanza a todo trapo y un impecable «target» de gestión socioeconómica. La historia y la estadística reciente indican que los celtíberos votamos con una altísima implicación ideológica, rayana en el sectarismo; incluso en tiempos de incertidumbre acostumbramos a confiar en «los nuestros», los de siempre, para que nos saquen del atolladero.Al fiar su estrategia final en el debate sobre la economía cotidiana, el PP ha apostado por explotar los negativos y preocupantes datos de coyuntura. Pero conviene estar atentos a los indicios, que en los sistemas de opinión pública sólo se pueden escrutar a través de las encuestas. Y los sondeos lo que dicen con apreciable constancia es lo siguiente: que la diferencia de confianza ciudadana entre el PP y el PSOE es muy estrecha en los asuntos relacionados con la economía y la redistribución de la riqueza -vivienda, inflación, asistencia, subsidios-, incluso con ligera ventaja de los socialistas, mientras que la derecha gana de largo en cuanto entran por medio el terrorismo, la familia, la estabilidad institucional, el modelo de Estado o la identidad nacional.
Ahí hay un mensaje. El mensaje de que el PP tiene ventaja clara en el debate político, mientras que en el económico la gente no le reconoce el mismo grado de fiabilidad, e incluso se inclina por la izquierda a la hora de gestionar sus inseguridades. Sin embargo, el equipo de Rajoy considera que ya no tiene mucho más que pescar en el caladero de la política y busca el desempate en la zozobra ante las turbulencias financieras. El resultado, de momento, le da la espalda: ni una sola encuesta publicada le otorga ventaja frente a Zapatero. Las distancias se reducen, el desgaste del Gobierno se aprecia, pero el vuelco no aparece. Al menos, todavía.
Los estrategas populares están convencidos de que aparecerá en el último momento, que es el que vale. Y aprietan con los precios, las hipotecas, la cesta de la compra y las apreturas de fin de mes. Los socialistas apelan a los instintos ideológicos, agitan el espantajo de la derecha rancia y, por si acaso, derraman promesas de subvenciones y dádivas que acolchen el miedo a la intemperie. Confían en que mientras no se hable de terrorismo, de estatutos, de nacionalismos o de memoria histórica -es decir, de su triste balance de estos cuatro años- pueden mantener el exiguo margen favorable.
Un último detalle: en mayo de 2007, el PP ganó las municipales... con De Juana Chaos paseándose por San Sebastián. Si eso es o no un mensaje sólo podremos saberlo ya en los idus de marzo.
IGNACIO CAMACHO – ABC – 03-02-07
(Imagen:http://www.ungs.edu.ar/)
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